Nuestra falta de estética es patética. Seamos esdrújulos y definamos nuestro mal como atávico, endémico y congénito. Sí, nos corre por las venas. Es de nuestra esencia. Lo llevamos en nuestras córneas. Basta mirar alrededor para palparlo. Se nota en la arquitectura; en los andenes, en las volquetas y en los camiones; en el cruce de La Línea, el el puente de Honda sobre el Magdalena; en las vallas, en los pasacalles; en los tarros de basura; en los tapetes que les ponen a los ascensores; en los recibos que nos dan en los peajes; en el billete de mil, en las monedas doradas que parecen “cien” de chocolate. Se nota en los nombres de las cooperativas de transporte, en sus flotas de buses y busetas…Quién no ha visto aquellos correos electrónicos con divertídisimas “colombianadas”. Debo confesar que eventualmente aventuro por populardelujo.com para adentrarme en los vericuetos kitsch de nuestro ingenio criollo, expuestos allí de manera magistral. A pesar de todo, es tan querido el país que con Aurelio Arturo podemos decir que en él "el verde es de todos los colores”.
Pero qué feo participamos en los foros de los periódicos, en las redes sociales; qué irracionales nuestros argumentos (ese candidato se casó en un circo), qué soeces al expresar nuestros desacuerdos, y qué mala redacción...Qué feo la señora echándole la madre al bus; el bus a la buseta y la buseta al peatón. Qué feo pitamos. Qué feo responden a nuestros reclamos las aseguradoras y qué feo sentir que uno les salió a deber. Qué horrible los torcidos, el imbécil que se te cuela en el banco. Qué poca cosa nos volvemos al dar o al recibir ají. A eso le decimos “mordida”. Dejamos de ser grupo, nos volvimos jauría!. Qué pereza el vivo. Peor si se hace el bobo.Y eso es acá entre nos; mejor no hablar de la estética en lo político y lo público.
En el Debate Vicepresidencial del jueves, la periodista Vicky Dávila le pregunta al candidato Fajardo cómo sacaría un eventual gobierno de Mockus a Colombia (entiéndase el Estado colombiano) de la lista negra de países que viola los Derechos Humanos, - de acuerdo a reciente calificación de la Comisión Interamericana de DD.HH. de la OEA. “Haciendo lo que hemos hecho siempre con los Derechos Humanos: respetarlos; hacen parte de nuestros principios, de lo que valoramos; diciendo como decimos que “la vida es sagrada”; haciendo una pedagogía por todo Colombia de lo que significa respetar; vivir de manera legal; atender las normas. Tenemos esa capacidad con Mockus. Él ha hecho de su vida pública un proceso permanente de pedagogía, demostrando que aplicada a la cívica produce resultados contundentes, transformando comportamientos” A mi me suena sensato. No a Vicky quien refuta a Fajardo: “Perdóneme, pero eso suena muy bonito”. Ese es el punto. No nos sirve la política que suena bonito. La política con estética no señor. No aquí. El “I have a dream” de Martin Luther King es para países desarrollados, del primer mundo; la resistencia pacífica de Gandhi frente a la violencia que se la crean los Indúes. La Madre Teresa, para los bengalíes. Y para los reinados de belleza; El ‘yes we can” de Obama, que se lo propongan los gringos; leer foristas decentes, sólo en el London Times. ¿Respetar al peatón, dar la vía, respetar la señal? cuando viajemos a USA o a Europa y manejemos carro alquilado. Lo que nos va es rejo. Palo. Odio. Fauces.
Del debate, pregunta y respuesta completas, aquí:
http://www.youtube.com/watch?v=vgxac7IOrDo
Para Fajardo, la política y la estética, si son ciertas, son doblemente poderosas. El punto de Dávila refleja, fuera de la evidente “cascarita” personal, el argumento -para mi incomprensible- de quienes consideran la dupla Mockus-Fajardo perfecta para Dinamarca porque de nuevo, en esta pobre patria política no rima con estética. Yo, por el contrario me imagino un gobierno de Mockus con Lucho y Peñalosa ejerciendo de Ministros; con José Fernando Isaza y el experto economista Salomón Kalmanovitz, con Alejandro Gaviria. Con un asesor de la talla de Don Hernado Gómez Buendía. Un gobierno cimentado en la legalidad. En lo público y en lo privado. En la legalidad suya, en la mía, en la de todos.
Ese punto de vista me recuerda de 1990. Con enorme convicción en la urgencia de un cambio los jóvenes impulsamos la Séptima Papeleta y se convocó la Asamblea Constituyente por el Gobierno Gaviria que derivó en la Constitución del 91. Millones de colombianos dijeron entonces que la nueva Carta parecía redactada por los ángeles para Dinamarca. Entre ellos un Plinio Apuleyo Mendoza apegado a la carta de 1886. Afortunadamente no se le hizo caso. Seguiríamos en el siglo 19. Ahora estamos de nuevo a tiempo de no hacerle caso a Plinio y elegir bien. De elegir al Presidente que todos, nuestros hijos y esa generación de millones de muchachos universitarios que empujan la ola verde necesitamos para entrar al siglo 21. No quiero quedarme en el 20. Yo tengo el sueño de sacar a Colombia adelante educándonos. Y ese sueño es bonito.
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