Ha inspirado esta entrada, un "Breviario" del joven (¿?) escritor Gustavo Valle, Caracas 1967, Revista el Malpensante No. 103*, para tratar de explicarme a mí mismo qué cóño soy. Que vuele a subir esta nueva entrada a mi blog no responde la pregunta: sentir algo, gritarlo a los cuatro vientos y que el mundo entero se entere al instante es apenas señal de los tiempos postmodernos del Facebook, del Twitter y demás conectividades de las que no escapo porque no me da la gana, -vivo con una mujer de mi edad que jamás ha abierto una cuenta de correo electrónico, no hablemos de un perfil en alguna de las redes sociales-.
Como el señor Valle, he disfrutado de amigos septuagenarios en la cumbre de sus edades; hundidos o liberados, pero viviendo sus vidas en toda su intensidad. Amigos, dice el escritor, "que brillan como un sol negro, que no destella, sino que se absorve a sí mismo". Don Baye Cure y Hernán Nicholls serán simpre referentes contundentes por haber hecho implosión en el fondo de mi mí mismo...
Al llegar a la mediana edad, dice, "se encuentra uno en un espantoso punto equidistante, donde no se es ni joven, ni viejo, ni niño, ni anciano, ni un coño. ¿Qué diablos soy?". Yo, por mí parte, no tengo ni puta idea. Sé de cosas que me gustan. Y de cosas que no me gustan. Pero eso tampoco responde la pregunta. A los amigos septuageniarios, sobre todo a Nicholls, les plantee siempre mi mirada de outsider; el feeling de no pertenecer. Ni espacialmente, ni en términos patrios; por no decir culturales, generacionales; la sensación de no sentirme del todo colombiano pero tampcoo gringo, ni tulueño, como la monta la Ñeca. Añoraba lo que ellos vivieron: el renacer de la esperanza que trajeron la postguerra, la píldora, el Rock & Roll, los hippies; aquel mayo del 68 en París y un mes antes, en Praga, los jóvenes que salieron a gritar, frente a los tanques blindados, que podían matarles la flor pero no la primavera...cosas lejanas, que viví en cuerpo ajeno como el hijo menor en una familia de siete, rodeado de los amigos adultos de mis padres; de los abuelos, de mis hermanos, de los primos mayores. Porque cuando debí estar oyendo a Pink Floyd en mí casa todavía sonaba Elvis. Creciendo, como quien dice, en el vagón de atrás.
Había sentido, hasta ahora, que a mi generación no nos quedaba de otra que ser totalmente pragmáticos y tomarnos la vida en serio, demasiado en serio. Lo siento en mi más profunda desazón - a los 16 presenté mi primera declaración de renta-; que nos había tocado duro; que estábamos ensanduchados entre la cruda realidad de un país que se desangra desde que tenemos memoria, que asesina sus esperanzas, y la única salida apostada a una seguridad ganada a punta de volear-bala-for-ever; conformes con levantarnos y acostarnos cada cual en lo suyo, con poder "salir a pasear en carro"; sin un ideal, sin una tarea común; condenados a no tener esa "segunda oportunidad sobre la tierra" que busca García Márquez para Colombia desde 1969.
No han sido necesarios cien años de soledad; no he tenido que alcanzar las cumbres de mis amigos septuagenarios, ni convertirme en "sol negro". Hago un llamado, que es un clamor, a los de mi generación a que abandonen la falsa comodidad que nos garantiza el miedo y a que aticen el fuego de sus esperanzas; a que nos atrevamos a imaginar -con los ojos abiertos- ante el vagón de cambio que está detenido en nuestra estación y al que no solo debemos subirnos sino empujar para darle razón a esta vida que, coño, se nos está acortando sin haber tenido ni perseguido un sueño común y colectivo de país. Y que bien vale todos los girasoles del mundo.
* http://www.elmalpensante.com/index.php?doc=display_contenido&id=1485
Nota: el autor de este blog es modelo 1962.
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